Tania se encontró con Carlos como cada tarde de jueves, en la misma banca del gran parque del condominio. Corría el mes de Octubre, y la neblina los envolvía como lo hacen las ramas de un árbol al nido de los pájaros. Además de ella, también garúaba – un poquito, por ratos.
Carlos inició con un ¿cómo estás? - como siempre. Según él, eso denotaba su interés en la vida de Tania.
Pero, ¿qué hacía Tanía con su vida?
Luego de haber andado por 3 carreras – en estricto orden: Administración, Publicidad y Psicología – ahora estaba en su mundo, las artes plásticas. “El arte me mantiene viva en medio de este infierno” suele decir cuando le cuestionan el seguir una carrera tan venida a menos económicamente en esta sociedad. Dichos cuestionamientos son más frecuentes e incisivos cuando son hechos por su propia familia. Pero ella estaba curtida, se zurraba en ellos.
Y es que Tania no la ha pasado fácil desde pequeña. Cuando tenía cuatro años, su padre sufrió un accidente automovilístico en el Circuito de Playas, y se encuentra en estado vegetativo desde entonces. Ella lo adora. Adoraba jugar con él a la pelota todas las tardes de domingo luego de almorzar pastas donde la abuela. Adoraba que le contara cuentos cuando no podía dormir asustada por los apagones y coches bombas que se sucedieron uno tras otro en aquel oscuro 1987. Adoraba soplar sus cabellos de ángel y despeinarlo cuando estaba sentado en el escritorio avanzando cosas de la chamba.
En el interín de tan difícil situación, la mamá de Tania perdió los papeles. Se hartó de, según ella, ser la esclava de esta casa. “Mientras tu te la pasas hueveando en la universidad que tanto esfuerzo nos demanda, yo estoy sacándome la mierda trabajando, cuidando la casa y cuidando de tu padre.” le dijo a esa adolescente pretendiente a ser administradora. Tania agachaba la mirada, gritaba y exclamaba ser incomprendida, y se iba corriendo de casa llorando.
Cruzaba uno, dos, tres y hasta cuatro edificios hasta llegar al de Carlos. Corría hasta el quinto piso, trataba de hacerlo sin parar, pero no podía evitar detenerse en el tercero – siempre en el tercero – a llorar aún más, amargamente. Luego de recuperar un poco de aliento, llegaba a la puerta del 510. Carlos la esperaba en la puerta, la recibía con un abrazo, y la hacía pasar.
Ya en la cocina, acompañada de una taza humeante de té Canela y Clavo, Tania le narraba a Carlos la discusión que había tenido con su madre.
“Hoy llegué a las 6 de la mañana de la fiesta de la facultad, borracha y hablando huevada y media. No sé cómo la hice, pero gracias a Dios llegué completa. La que me metí anoche…”
Carlos se acompañaba con un café y partía con la cucharita un pedazo de turrón de Doña Pepa que había comprado el día anterior.
“La comprendo a la loca esa. Además de llegar así, la volví a cagar en el ciclo. Jalé todo. Ahora sí me botan, la puta madre.”
Carlos seguía con el café, y revolvía la cucharita con un poco de miel en la taza. Suspiró y dijo:
“¿Qué está pasando por tu cabeza, ah? Te dije el fin de ciclo pasado, rájate, no gastes tu tiempo ni tus energías. Me juraste y perjuraste que ibas a cambiar, que te sacarías la mierda, pero…”
“Pero no es lo que quiero. No es lo que me nace. No me hallo acá.” interrumpió Tania,
y continuó:
“Sé que son cojudeces, pero esta es la única manera de olvidar todo el infierno que estoy viviendo. Es mi manera de escapar. Me jode y me ayuda a la vez.”
“Te está recontra jodiendo, date cuenta.” decía Carlos. “Todavía tienes 20 años, mucho por vivir, no la cagues Tani, hazlo por tu viejo.”
Esa era la fórmula mágica de Carlos para remecer las fibras más profundas de Tania, mencionarle a su viejo. Cuando lo hacía, Tania se quedaba en silencio por un momento, para quebrarse después, y volverse una niña.
“No quiero, no quiero, no quiero, no quiero cagarla de nuevo, ayúdame.” decía sollozando en el pecho de Carlos, que la abrazaba.
Luego pasaban al sofá de la sala, y se quedaban uno acariciándose al otro, mirando cómo la tarde se volvía noche y las luces allá afuera se iban prendiendo, poco a poco.
De eso, hace ya 5 años.
Esta tarde de octubre, ellos están nuevamente juntos, pero no hay vapor de té, ni de café caliente. Sólo el que sale de sus pechos, de sus corazones, antaño encendidos y hoy malheridos. Sin saber a quién querer, sin saber cómo querer.
***
Las canciones de este post | Cayman Islands de Kings of Convenience y Since I don’t have You de Guns n’ Roses



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